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jueves, 27 de septiembre de 2012

Un día fantástico

                        Un día fantástico



Cuando el último de los personajes hubo terminado su cuento, Olivia sonrió encantada. No solo había conseguido escuchar la voz de aquellos personajes imaginarios, también podía verlos perfectamente. ¿Significaba aquello que había recuperado su fantasía?
- Claro, Olivia – exclamó entusiasmada la Abuela Luci – y además, ya vuelves a tener el aspecto de siempre. ¡Mírate!
Olivia comprobó aliviada que su pelo había vuelto a ser rojo, que su piel era lisa y que ya no se encontraba cansada, sino llena de energía: ¡volvía a ser una niña de 7 años!
- ¿Y los libros? ¿Habrán recuperado sus letras?
- Pues no sé…prueba a leerlos tú…
Ahí estaban aquellas aes redondas, las eles espigadas, las bes barrigonas, las efes enrrevesadas…¡¡Ahí estaban las letras de nuevo!!
- Abuela, ¡lo hemos conseguido! Y todo gracias a vosotros – exclamó dirigiéndose a los personajes de cuentos que estaban sentados junto a ella y que ya podía ver perfectamente.
- ¿Qué personajes? – le cortó de repente la Abuela- Olivia, aquí no hay nadie más que tú y yo. Estos personajes no son reales, los has creado tú con tu fantasía.
- ¿Cómo? – preguntó contrariada Olivia- pero yo les veo, están aquí.
- No es cierto Olivia, están aquí – afirmó mientras se señalaba su cabeza.- Son todos producto de tu mente y de tu imaginación, y existirán siempre que tú lo desees…
- Entonces, ¿para eso sirve la fantasía? ¿Para crear seres que no existen?
- Ay Olivia, para eso y para mucho más. La fantasía es el elixir secreto contra el aburrimiento, es la clave para acabar con la tristeza, es la llave de los sueños, es lo que da belleza al amor. La fantasía llena de color el mundo. ¿Entiendes ahora por qué era tan importante recuperarla?
Olivia se quedó pensativa un momento. ¡Cómo había podido desprenderse de una cosa tan maravillosa!
- Ay Abuela…¡Muchas gracias! ¿Qué habría hecho yo sin ti?
- Pues aburrirte mucho toda tu vida, y ser una persona gris. Así que prométeme que de ahora en adelante cuidarás mucho más tu fantasía y no la perderás nunca.
- ¡Qué cosas tienes, Abuela! Nunca más le daré a ese duende maldito mi fantasía.
- Pero no se trata solo de eso, Olivia. La fantasía puede perderse de muchas maneras. Si no leemos nunca, si dejamos de creer en la magia y en que lo imposible puede volverse posible. Si nos hacemos mayores…
- Ay Abuela, pero ¡todo el mundo se hace mayor!
- Claro que sí, pero una cosa es que tu cuerpo se haga mayor y otra bien distinta que tu mente envejezca…¡eso es lo que hay que evitar a toda costa, querida mía! Y ahora vámonos de aquí, Olivia, que toda esta aventura me ha dejado muy cansada…
Olivia agarró con ternura la mano arrugada de la Abuela Luci y juntas salieron de la biblioteca. Afuera, en la ciudad, la primavera comenzaba a llenar de flores los árboles y el sol brillaba con fuerza.
- ¿Notas toda esa fantasía revoloteando alrededor nuestro, Olivia?
- Claro que sí, Abuela. Hace un día fantástico.

El gato soñador

El gato soñador




Había una vez un pueblo pequeño. Un pueblo con casas de piedras, calles retorcidas y muchos, muchos gatos. Los gatos vivían allí felices, de casa en casa durante el día, de tejado en tejado durante la noche.
La convivencia entre las personas y los gatos era perfecta. Los humanos les dejaban campar a sus anchas por sus casas, les acariciaban el lomo, y le daban de comer. A cambio, los felinos perseguían a los ratones cuando estos trataban de invadir las casas y les regalaban su compañía las tardes de lluvia.
Y no había quejas…

Hasta que llegó Misifú. Al principio, este gato de pelaje blanco y largos bigotes hizo exactamente lo mismo que el resto: merodeaba por los tejados, perseguía ratones, se dejaba acariciar las tardes de lluvia.
Pero pronto, el gato Misifú se aburrió de hacer siempre lo mismo, de que la vida gatuna en aquel pueblo de piedra se limitara a aquella rutina y dejó de salir a cazar ratones. Se pasaba las noches mirando a la luna.
- Te vas a quedar tonto de tanto mirarla – le decían sus amigos.
Pero Misifú no quería escucharles. No era la luna lo que le tenía enganchado, sino aquel aire de magia que tenían las noches en los que su luz invadía todos los rincones.
- ¿No ves que no conseguirás nada? Por más que la mires, la luna no bajará a estar contigo.
Pero Misifú no quería que la luna bajara a hacerle compañía. Le valía con sentir la dulzura con la que impregnaba el cielo cuando brillaba con todo su esplendor.
Porque aunque nadie parecía entenderlo, al gato Misifú le gustaba lo que esa luna redonda y plateada le hacía sentir, lo que le hacía pensar, lo que le hacía soñar.
- Mira la luna. Es grande, brillante y está tan lejos. ¿No podremos llegar nosotros ahí donde está ella? ¿No podremos salir de aquí, ir más allá? – preguntaba Misifú a su amiga Ranina.
Ranina se estiraba con elegancia y le lanzaba un gruñido.
- ¡Ay que ver, Misifú! ¡Cuántos pájaros tienes en la cabeza!
Pero Misifú no tenía pájaros sino sueños, muchos y quería cumplirlos todos…
- Tendríamos que viajar, conocer otros lugares, perseguir otros animales y otras vidas. ¿Es que nuestra existencia va a ser solo esto?
Muy pronto los gatos de aquel pueblo dejaron de hacerle caso. Hasta su amiga Ranina se cansó de escucharle suspirar.
Tal vez por eso, tal vez porque la luna le dio la clave, el gato Misifú desapareció un día del pueblo de piedra. Nadie consiguió encontrarle.
- Se ha marchado a buscar sus sueños. ¿Habrá llegado hasta la luna?– se preguntaba con curiosidad Ranina…
Nunca más se supo del gato Misifú, pero algunas noches de luna llena hay quien mira hacia el cielo y puede distinguir entre las manchas oscuras de la luna unos bigotes alargados.
No todos pueden verlo. Solo los soñadores son capaces.
¿Eres capaz tú?

El camello Donatello

El camello Donatello

Nadie sabía cuantos años tenía el camello Donatello, solo que cada vez estaba más cansado y se quejaba más cuando tenía que cargar con los turistas desierto a dentro. Por eso, en medio de la travesía, solía pararse y sentarse tranquilamente sobre la arena caliente. No había manera de moverlo durante varios minutos, y los turistas lo miraban entre enfadados y divertidos.
- Caray con el carácter de este camello.
Al camello Donatello lo que le gustaba era quedarse cerca del oasis y rumiar paja: para dentro, para fuera, para dentro, para fuera. Así hasta que la paja se convertía en una masa pastosa que le dejaba un aliento ácido y desagradable.
También le gustaban los niños. Cuando en el grupo de turistas había alguno, siempre se lo colocaban a él. Pesaban poco y se reían mucho. Todo les sorprendía: las sombras que la caravana de camellos proyectaba sobre las dunas, el color rojo del sol al atardecer, los escarabajos que aparecían y desaparecían entre la arena o las sonoras y apestosas flatulencias que expulsaban los camellos.
- ¡Pero qué camellos más cochinos!


Los niños no paraban de reír divertidos con estas ventosidades y Donatello se reía con ellos. Durante las noches en el desierto, mientras los padres cenaban, hacían fotos y hablaban de esas cosas sesudas de las que hablan los mayores, Donatello entretenía a los niños, con sus gestos y sus sonidos.
- Da gusto – decían siempre los mayores –con este camello no hace falta que nos preocupemos de los niños.
- Mírales qué tranquilos están.
A Donatello también le gustaba encargarse de los más pequeños. Dejaba que se subieran encima, que le pellizcarán la panza y le hicieran cosquillas en el cuello.
- Solo sigo en este trabajo por los niños. Si no fuera por ellos… – solía comentar por las noches mientras descansaban cerca de las jaimas.
- Claro, por eso y porque si no, acabarías convertido en filetes de camello…¡con un poco de ensalada: ricos, ricos! – le provocaba la camella Marianela, mucho más joven que él.
El camello Donatello sabía que tenía razón. El día en que sus cansados músculos no pudieran hacer la travesía del desierto con los turistas a cuestas, dejaría de ser útil para los dueños y acabaría en un restaurante de plato principal. Y ese día llegaría pronto. Cada vez se sentía más cansado, más viejo, más débil. No había remedio.
Una tarde caminaban por el desierto con un reducido grupo de turistas. Entre ellos se encontraba Bea, una niña pecosa y canija que, por supuesto, iba montada en el camello Donatello, que estaba esforzándose mucho por seguir adelante. Bea, que notaba lo cansado que estaba el animal, le acariciaba su largo cuello y le daba palabras de ánimo


- Venga amigo, que estamos a punto de llegar y podrás descansar un rato.
Pero cuando apenas les quedaba un kilómetro para llegar a su destino, el camello Donatello se sintió desfallecer y cayó al suelo. No hubo manera humana de hacerlo levantar.
- Ya no va a moverse…este camello es tan viejo que no sirve para nada. Ahí lo dejaremos y a la vuelta veremos que hacemos con él.
Aterrada ante la idea de dejar solo al camello en medio de aquella nada de arena, Bea comenzó a llorar y se abrazó a él. Nadie consiguió despegarla de ahí, así que todos tuvieron que acampar junto a ellos, a pesar del visible enfado del dueño de los camellos.
A la mañana siguiente, se levantaron antes del alba para regresar al campamento. Después de haber descansado, el camello Donatello se veía con fuerzas hacer el trayecto.
- Camina, que ya verás cuando llegues…esta no me la vuelves a hacer- le gritaba muy enfadado el dueño.
- ¿Qué te harán cuando lleguemos? – preguntó intrigada la pequeña Bea.
El camello Donatello le contó que seguramente acabaría a la parrilla en alguno de los restaurantes de la zona.
- Es ley de vida, ¡qué le vamos a hacer! – afirmó resignado Donatello.
- Pues habrá que buscar una solución. ¡No podemos consentirlo! – exclamó decidida Bea.
Y durante todo el trayecto, mientras el sol poco a poco iba empezando a calentar más y más, Bea estuvo pensando la manera en que salvar al camello Donatello…


¿Qué idea se le habrá ocurrido a Bea?  Expresalo oralmente a tus amigos...paoas o maestra

martes, 1 de mayo de 2012

Cuento El más grande y el más pequeño

Este es otro cuentito interactivo, a medida que lees y escuchas debes ir pasando el cursor por los personajes cuando lo indiquen y ellos seguiran contandote la historia





jueves, 5 de enero de 2012

CUENTOS PARA LEER


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ESTA LECTURA ES PARA LOS PADRES Y DOCENTES